¡Calma! Todo va a salir bien

Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Génesis 4:7 

Hoy, por la gracia de Dios, somos parte de la familia celestial, de la comunidad de los santos. Pasamos de muerte a vida, alcanzando una “salvación tan grande”. No obstante, en ese insólito proceso, el pecado no es totalmente erradicado de nuestro ser; aún poseemos sus resquicios en el interior del viejo hombre, haciendo que caídas repentinas estén presentes en nuestro vivir cristiano.

Debemos comprender que, a pesar de que nuestro pecado está siendo mortificado por el proceso que llamamos SANTIFICACIÓN, el aún nos asedia tenazmente, nos seduce, nos acompaña e invariablemente, nos lleva a la caída muchas veces, haciéndonos fracasar en andar en rectitud.

Esas caídas y el sentimiento de la presencia del pecado traen luego sus consecuencias y, la peor de ellas, creo yo, que es la “culpa”. Nos sentimos culpables, cargados y hasta acusados, por causa de nuestras faltas y delitos, trayendo sobre nuestro corazón una profunda tristeza.

Satanás, en esos momentos, no perdona: él se esforzará en acusarnos y oprimirnos al máximo posible, haciéndonos sentir criaturas despreciables; entonces, viene el gran cuestionamiento de nuestra alma: “¿Dios me aceptará? ¿Puedo ser oído? ¿Él me ama? ¿Mis oraciones serán respondidas, las cosas saldrán bien?”

Una sensación de desespero se apodera de nuestro corazón, en determinados períodos de la vida: se trata de un sentimiento negativo, tal vez colocado por Satanás, tal vez causado por nuestra propia incomprensión de la gracia y del amor de Dios. Entretanto, el hecho es que parece que todo va a salir mal, que Dios tiene una cierta repulsión y resistencia en cuanto a nosotros; parece que Dios desistió de nosotros.

El texto bíblico de arriba relata la historia de Caín. Como ya debes saber, juntamente con su hermano Abel fue a ofrecer un sacrificio a Yahweh. Percibiendo Caín que el Señor se agrado del sacrificio de Abel, su hermano, y no del suyo, Caín se entristeció profundamente, decayéndosele el semblante. Fue entonces que Dios dijo: “Caín, no es necesario estar así, si procedieres bien ¡serás enaltecido!” O sea, se tú hubieses ofrecido el sacrificio de la forma y con el corazón correcto, ¡así como me agrade de tu hermano, me agradaría de ti! ¿No serás enaltecido?”

No quiero entrar en detalles sobre el contexto de Caín en el libro de Génesis, capítulo cuatro [su pecado], con todo quiero detenerme en esta afirmación corajuda del Señor: “¿No serás enaltecido”?

Dios, el Señor, está aquí haciendo una promesa, está mostrando Su deseo de bendecir, Su disposición de enaltecernos, está abriendo una puerta para recibirnos de buen agrado. Cuando Él dice, “si bien hicieres”, Él no está excluyendo la gracia – en la cual somos aceptados y de la cual todo proviene – mas, por gracia, nos concede el privilegio de servirle y  por gracia, ¡nos recompensa por tal servicio!

El hecho es que Él está diciendo: “Si el sacrificio hubiese sido hecho y ofrecido segundo mis ordenanzas, es imposible que Yo no te acepte, que te bendiga… ¡Es imposible que yo no te guarde y te ame Caín!”

¡Eso se aplica a nosotros!

Dios nos está confortando en relación a nuestros temores, en cuanto a nuestras culpas y la gran angustia de nuestra alma, que indaga: “¿Podré, verdaderamente, contar con Dios?”

Yo te respondo: “¡Sí, puedes!” ¡Él mismo lo prometió!

Vea la afirmación imperativa, hecha de forma negativa, por Yahweh: “¿No es verdad?” Dios está usando un negativo para afirmar, de forma positiva, que: “Es cierto que serás enaltecido; claro que te recibiré; es obvio que voy a ampararte; claro que voy a escucharte”.

¿Y en cuanto aquella condición: “Si bien hicieres”, te puedes preguntar? Es verdad, no me olvide de ella. La promesa que Caín sería enaltecido debía basarse en la obediencia y en el sacrificio correcto.

La certeza de que seremos enaltecidos, que Dios es por nosotros, la certeza que Él nos ama y peleará por nosotros viene de la gloriosa asertiva que, hace dos mil años atrás, fue ofrecido un sacrifico perfecto, ¡en perfecta obediencia, según todas las prescripciones exigidas por Dios, en nuestro lugar!

Jesús fue nuestra propiciación. Él cumplió todas las demandas de las justas exigencias de Dios, muriendo como sacrificio en la cruz. ¡Ese sacrificio subió con un olor grato hasta el Señor y le agradó, le satisfizo, le vindico! ¡Por eso, es cierto que seremos enaltecidos! En verdad, es imposible que no lo seamos, de acuerdo con la categórica afirmación de Pablo: El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? (Romanos 8:32)

Confieso que recibí esa palabra mientras oraba y, con el corazón angustiado, pensaba: ¿“Será”? ¿“Puedo ser bendecido”? ¿“Tendré a alguien que pelea por mi”? ¿“Él no está airado conmigo”? Fue durante esos cuestionamientos en mi alma que el Espíritu Santo me condujo hasta ese texto, inflamando mi corazón, diciendo: Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido?

Mi querido hermano, Dios tiene promesas para ti y se complace en cumplirlas. ¡Él nos ama, cela por nuestra vida y solo espera que creamos en tan gloriosas promesas! Es claro que hay condición: “Si bien hicieres”, habla del deber de nuestra obediencia a Su Palabra, de nuestra rectitud, por obedecer a Dios recibiremos la recompensa, esto es, serás enaltecido”. (Vea Salmo 84:11)

Por tanto, si te has esforzado para caminar en santidad, en temor; si has luchado en oración contra las tentaciones, deseos de este mundo y has sido un fiel testimonio de Cristo, puedes estar seguro que: ¡Es cierto que serás enaltecido”!

¡Descansa en esa promesa! ¡Alíviate con ella! ¡Olvídate de esa barrera que colocaste entre tú y Dios, pues ella ya fue deshecha en el Calvario!

¡Sí, las cosas van a salir bien para ti! ¡Sí, tú serás enaltecido por Dios! ¡Sí, Dios está oyendo tu oración! ¡Sí, Dios se complace en responderla y, en su tiempo, va responderla! ¡Sí, Él te ama, ah… y como ama!

Quédese en paz con su corazón, pues: “¡Es cierto que serás enaltecido!”

En el amor de Cristo,

Paulo Junior

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